Aprovechando el tema del post de Dani, me gustaría hablaros de una cuestión algo desconocida pero interesantísima, que es cómo vieron aquellos viajeros españoles a los indígenas del continente Americano. Seguramente os haréis una idea, ya que en nuestros libros de texto nos han narrado mil veces los viajes de Colón y los demás exploradores. Pero dejando a un lado las barbaridades que se cometieron y la realidad de estos pueblos precolombinos, quisiera hacer especial hincapié en la palabra “ver”. ¿Qué vieron los descubridores en el nuevo continente? ¿Cómo lo plasmaron? ¿Cómo lo contaron a los que esperaban en Europa? En este post voy a intentar, de forma resumida, contestar a estas preguntas.
Para empezar, vamos a situarnos en la Europa del siglo XV, cuando reinaban los Reyes Católicos. Esa Europa proviene de una tradición oral y escrita, en la que se contaban miles de historias sobre seres extraños; la mayoría con características maléficas, que habitaban en las tierras lejanas de Oriente. Sólo los más intrépidos viajeros y algún que otro monje con intención de evangelizar se atrevieron a traspasar los límites de lo conocido. Es aquí cuando nos encontramos con la Geografía Ideológica. Una geografía que se aleja de lo real. Empiezan a escribir libros sobre sus viajes y lo que han visto o soñado, y dan rienda suelta a su imaginación.

Muchos europeos ya conocían la Historia Natural de Plinio el Viejo, donde aparecían muchos de estos seres. Pero en el siglo X apareció un texto anglosajón llamado “Las Maravillas de Oriente” donde vemos dibujadas también criaturas sorprendentes, como los Cinocéfalos que tenían cabeza de perro, los Blemias que eran hombres que tenían la cabeza en el pecho (o que no tenían cabeza, los encontramos también como Acéfalos), hormigas del tamaño de perros y dragones de 50 metros. También se empezaron a extender los Bestiarios; manuscritos o enciclopedias moralizadoras donde aparecen dibujadas criaturas reales y fantásticas.

Debemos insistir en que lo que veían no tenía que corresponder exactamente con la realidad. Los viajeros pasaban por lugares desconocidos, climas variados, gente de raza distinta… Probablemente padecían hambre y penurias, y eso ayudaba a que tuvieran esas visiones.
Pero, ¿que sucedía cuando lo contaban a los habitantes de su pueblo o ciudad? Ellos escuchaban estupefactos las aventuras de su vecino, y él, seguramente, alimentaba su curiosidad exagerando ligeramente su experiencia. ¿El resultado? Criaturas prodigiosas, lugares paradisíacos o más bien parecidos al infierno.
Al escuchar esto, los eclesiásticos quisieron darle una explicación racional, y se preguntaron, como San Agustín de Hipona en sus Confesiones, si esos seres (si es que existían de verdad) pertenecían a un tronco común con nosotros. Si así fuera, tendría que evangelizarlos la Iglesia. Por ello, en los bestiarios se procuró mostrar a estas criaturas con connotaciones moralizadoras. Me explico:
Como he mencionado antes, la mayoría de las criaturas tenían alguna que otra característica maléfica. Un claro ejemplo podía ser el de las Sirenas, que se representaban como aves, peces e incluso con cola de serpiente, un animal claramente relacionado con el Demonio y que atraía con su canto a los marineros para tirarlos por la borda. De esta forma, los que leían estos manuscritos entendían la moraleja.

Seguramente os preguntaréis qué tiene esto que ver con América, si estos libros se escribían en Europa y se referían a criaturas orientales. Pues bien, eso mismo me pregunté yo al entrar a la primera sala del Museo de América. Allí, en un tablón, estaban expuestas cantidad de representaciones de estos seres que yo relacionaba con otro continente, y no precisamente el americano. Rápidamente me di cuenta de que aquellos hombres, los que llegaron a esas tierras paradisíacas junto con Colón (e incluso él mismo), relacionaron todo lo que habían oído en Europa con lo que estaban presenciando, y como viajeros que eran, contaron a sus compatriotas lo que habían “visto”.